lunes, 14 de noviembre de 2011

1 Desde muy antiguo: El Mundo



I

Algo apareció donde algo ya había.
Un poco de desorden, algo de sombras.


                                               Posibilidades Que No Son Más Que Espejismos y Desazones Verdaderas.









1

Desde muy antiguo

El mundo







Esclava filosa y acerada como herida de futuro.
Como esa pelota de la infancia que se parte
en multitudes y huye irónica porque el mundo es arduo
y el fútbol intelectual de lacónica práctica,
o escasa persistencia.

Hablo de la dureza de mi amo, muy amado vulnerable
en su malla del honor, su casco de promesas.
Simbolizo golpes de mando siniestros:
El escrito filo de mi lengua,
y de ella, experta, y de ellos, también a la deriva:
aquello que corta como mal pensamiento,
el sarcasmo contra ingenuos / y hasta poderosos
o lascivos / mas nunca cansados de torneos en el lado de sus honras.

Más, afilo que nada, a todo, si atormentan.
Porque en noches de espera
temblaba
como la llama de vela en la torre silenciosa.
Blandir la luz no es tan diferente.
Duras manos, ilusiones sarracenas, suaves diatribas.
Mi amor estaba sumergido de dureza.
Situaciones diestras, momentos de extrema tensión.
Así, cuando en la noche de promesas y abstinencias.
El preámbulo de la lucha y su destino.
Verijas cristianas, torpezas moras, colgajos caballeros.
La prudente procesión del honor y la gloria.

Si orgullos: La soberbia debe ser castigada.
Experta en soluciones, y de nobleza, pruebas.

Resoluciones definitivas a puntos de dominio,
como galope a la carrera o lanza altiva
para estar menos en el purgatorio,
menos en la malla de linajes
como carácter que se extrema,
para que nunca más los arreboles rebalsen alianzas,
o es trasnoches
o es espera, / es inquietud
es del oír su venia o mando altivo o conseja de viejo,
o hasta chunchules de antiguos judíos, para ni honores,
no heredades,
no traiciones, pero sí esperanzas:
cuando los velos temblaban en las torres
el resultado del rechinar de los hierros y de las promesas:

Todo aquello que ñachi guerrero, y los versos guerreros,
y los laúdes guerreros
en los tules con sus quejas,
ciertamente que rastros en ristre, reinos y luces
fortuitas que acrezcan como fogatas a la deriva.
Aquello que inmortalizan a la fama, a la vida la densan
al amor lo llenan de arreboles.

Indudablemente nena oculta y aguerrida;
consentida algo o mucho en su obsesión de pureza, obstinadamente
perfecta
en el reflejo de su casta.

Al Conde de Barcelona pertenece:
pues la creencia confirma la verdad del universo.
Defiende su vida con la cólera de su filo.

Él, cuando reposa o danza,
brinda deberes o dedica a traiciones de alcoba, ese su tiempo
de ocio y señorío,
pide la anuencia púrpura, así salve
por los siglos de los siglos para continuar en el banquete,
es decir, éstas sobre todo:
la envaina:

Sufre tenebrida
o
el silencio carcome como tormenta que apaga
cuando después, en el campo, de la carga, se llena
de quejumbres
rojas quejumbres y rojos ayes en desbande.

El orgullo debe ser co-medido:
Una honra que se estima:
Nunca olvido, y guardo mis rencores, como poeta
que urde su venganza.

su poquillo inventora, siendo castiza,

Fama y honra: mi más acerado abolengo.

Si hubieras sido un puñal o el hacha que descarga,
o la motosierra que aterrora,
tú, filo imperecedero, no hubieras llegado a inmortal,
aún si tuvieras trovadores dispuestos a cantar el corte
de tu destreza en horas previas a la languidez
de la noche.

¿Siglo XXI?

El Cid, el Señor,
entre valientes hermoso, la mirada lateral,
puesto que la realidad de prudencia infiltra la imaginación
menos desatada,
sospecho sus manos suaves y violentas,
sus tercas resoluciones de caballero desgraciado,
su barba espesa y anudada,
su darlo por deber y culto, mas la honra:
vasallo de su rey:
quien no lo merecía, fundaba en lo debido:

Honesta, sincera, extranjerizante.

Real de realeza en nubes de la sangre,
a pesar de, y torpeza siendo,
porque el linaje no siempre asegura la prudencia bajo
los robles de Guernica y la sangre derramada.

Penetra en la tierra donde su señor extiende
lo prohibido. Donde ya no bastan
torneos y el despliegue de coraje.
Puesto que voluntad,
la ley primorosa, puesto que su deseo, la prueba de valientes.

Ni en desgracia niega de éste, Alfonso, excusando
el servicio de su hija.

¿Qué diría mi señor al señor de su señor?

El Conde, la voz de mi cólera, reta a duelo el espanto de su sino.

A él. Al Señor!

Gran torpe, gran de pequeñas ventajas usuario calculante.
Nunca lo hubiera hecho, porque el destino
marca, y los hados tejen la mortaja.
Nunca es poco decir.
Nunca es medida de prudencia.

Jode y enreda la grandeza de su nombre
pues él, el vasallo de vasallos, supo mi desconcierto:
Nunca.

Nada de ritualista: y ya miraba para el lado

Menos mal
Ahora silencio ante el Señor.
Nueva esperanza de coraje.
Y nublada tiemblo la nueva sangrienta aventura en nuevas soledades.
Yo, la filosa angustia colada, sirvo a mi dueño natural:
destripo y moros,
asusto y cristianos,
marco y hebreos.

El Señor: La Mano que me Vence.

Me des-trozó en dote de su orgullo:
ya será tan igual, nada.
Recorro el mundo como trasformers de pasadas
valentías,
y en agujas, de poco valor, o mucho,
¿qué importa?
ay bu bu bu ay.

Descansa
no fuera por el anuncio de la solitaria pesadumbre
curiosa forma nueva de honra nueva y valentía antigua
cuando mora y pendenciera la espada
se ensucia en el arado
porque el tiempo de la honra
yace en destripe y / o sucio en el olvido presente,
cuando el mercado impone su dominio.

En el pasado: tradición, honra y coraje
En el presente: el cálculo, los pagos, las maniobras:
Tierna ironía melancólica de herencias sin fundamentos:

Venimos de las Jarchas, como todo aquello
que ya no precia, y nos carga de pasado.
Alfonso: Los Infantes de Carrión: unos bellacos.

Me voy dónde los moros. ¿Se imaginan?







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